martes, 23 de febrero de 2010

El hombre del tiempo


Desde la época del daguerrotipo, el oficio del fotógrafo es testimonio de la historia. Todavía hoy, a pesar de la autosuficiencia digital, me gusta pensar que con sus cámaras al cuello y los caballetes haciéndoles sombra, los fotógrafos que anidan en las plazas tienen oro en sus manos, que aún en blanco y negro o pintadas a colores, guardan infinitas historias en el corazón de sus polaroid.

viernes, 5 de febrero de 2010

Praga, darling, Praga

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"¡Ay! Praga, Praga, Praga, donde el amor naufraga en un acordeón.
¡Ay! Praga, darling, Praga, los condenados pagan cara su redención".
Cristales de Bohemia, Joaquín Sabina



“I’m sorry, i’m not from Praga”, nos dijo un hombre de unos 50 años, que atendía en la oficina de información turística en la estación de trenes de Praga. El viernes 18 de julio de 2008 llegamos desde Berlín, faltaba poco para la media noche y el peso de las mochilas se sentía más y más en las espaldas a medida que el tiempo y el metro desfilaban. Cambiamos euros por coronas checas y empezamos a buscar el hotel. Aquella primera noche en Praga terminó con tres cervezas y muchas expectativas sobre la mesa.

Todavía hoy cierro los ojos y siento el susurro del río Moldava. Puedo darle la espalda y caminar sobre el Karluv most (puente Carlos), bajo la mirada de sus 30 estatuas de estilo barroco. El puente Carlos es el más antiguo de Praga, tiene 520 metros de largo y un ancho de casi 10 metros. Cruza el río Moldava y une la Ciudad Vieja (Stare Mesto) con la Ciudad Pequeña o Barrio Menor (Malá Strana).



Praga es la capital de República Checa y el centro de Bohemia, una de las tres regiones históricas que componen el país. Es la ciudad del arte gótico, de la Catedral de San Vito, de los castillos de los cuentos de hagas y las marionetas; es la casa de Franz Kafka y Milan Kundera.



El casco histórico de la ciudad es Patrimonio de la Humanidad desde 1992. Nos recuerdo sentados en el suelo de adoquines de la Plaza Vieja, comiendo helados, repasando un mapa y mirando pasar la gente.

jueves, 14 de enero de 2010

¿Bailamos?


Cuando el acordeón y la guitarra hacen el amor, nace el tango.

Cecila y Meme entrelazan sus cuerpos casi todas las noches en El Caminito, en Buenos Aires. Un ensayo fotográfico publicado en el libro Historias mínimas, de Ecuador a Tierra del Fuego muestra escenas apasionantes de la pareja de baile. Los fotógrafos Ivan Kashinsky y Karla Gachet son los cómplices del frenesí.

La revista Nuestra mirada ofrece un adelanto.

http://revistanuestramirada.org/galerias/kashinsky-gachet

miércoles, 6 de enero de 2010

Caballitos en el mar


La embarcación de Totora es un símbolo de la costa norte del Perú. Una escena habitual en playas como Pimentel, Santa Rosa o Huanchaco, es el trabajo de los pescadores inmersos en el agua, sobre sus Caballitos. Luego de la marcha, los hombres del mar cargan al hombro sus balsas y las colocan sobre la arena con la proa mirando al cielo. Desde que tengo memoria, el ocre de las balsas matiza mis recuerdos de las caminatas por la playa con mi padre.

Sobre la aparición de las embarcaciones, dice una leyenda que el señor Naylamp desembarcó en la caleta de San José, al norte del Perú, para fundar y habitar el departamento de Lambayeque. El ‘enviado del viento’ atravesó el mar con su esposa Ceterni y un séquito de guerreros, todos ellos navegando en Caballitos de Totora.


En agosto del 2003, el Instituto Nacional de Cultura resolvió: “declarar Patrimonio Cultural de la Nación al Caballito de Totora, embarcación considerada como expresión de las manifestaciones tradicionales de la cultura viva que caracteriza a las comunidades asentadas en el litoral del norte peruano y que contribuye a la identidad regional y nacional”.

Fuera del mar, los pescadores se convierten en artesanos y tejen las balsas con sus manos hasta en media hora. La Totora, materia prima de las balsas, es una planta acuática que crece en los pantanos de América del Sur. Esta planta de raíces fibrosas es el principal insumo para fabricar embarcaciones que se utilizan para navegar en el Lago Titicaca y en algunas playas del Perú, así como viviendas, puentes colgantes, sombreros y canastas.

Los pescadores norteños han trasmitido de generación en generación la técnica para elaborar un Caballito de Totora. Se empieza cortando los tallos de las plantas y remojándolos en agua para que no se quiebren. Luego tienen que reposar bajo el sol. Cuando los tallos están secos, se procede a juntarlos y atarlos con sogas del mismo junco, aunque hoy algunos ‘maestros’ utilizan cordeles sintéticos. Finalmente, se recorta la masa de Totora dándole forma. El Caballito está listo para navegar.

La embarcación está diseñada para transportar a un pescador. La proa es estrecha y curva. La parte posterior, la popa, es la zona más ancha y está destinada a depositar la pesca del día o los alimentos y utensilios del pescador.

Las balsas cuestan, aproximadamente, cien soles y suelen durar poco más de un mes, debido al material del que están hechas y su desgaste por el uso. El Caballito de Totora se puede ‘montar’ de rodillas, sentado, de pie, incluso de cabeza. Para dominar estas embarcaciones se necesita equilibro y mucha fuerza en los brazos, puesto que la balsa se complementa con un remo de caña para dirigirla.

Un Caballito mide entre tres y cuatro metros de alto y puede pesar hasta 50 kilos cuando está seco. Según la tradición, el pescador que no puede cargar su balsa no debería adentrarse al mar pues no sería capaz de controlarla. Una embarcación de Totora puede soportar hasta 200 kilos de carga.


Mira este video de los Caballitos de Totora en la playa Huanchaco (Trujillo): http://www.dailymotion.com/video/x8mb24_caballitos-de-totora-huanchaco-peru_travel


No me quiero ir

Jorge Luis Borges escribió: “Tu ausencia me rodea como la cuerda a la garganta, el mar al que se hunde”. Mi ausencia en el blog no ha sido tan dramática ni está justificada, pero intentaré que no vuelva a suceder, al menos no por tanto tiempo.

Poco más de un mes sin escribir unas líneas, que no sean las de mi tesis, sí que se siente como una cuerda en la garganta. Ahora he vuelto porque sin escribir, como dijo otro grande, Paul Auster, “estaba ausente incluso estando presente”.

MJ

Pd.- Les dejo una ilustración del gran Fito Espinosa para redondear mi regreso.

La chica que tomaba el agua que no calma la sed

lunes, 30 de noviembre de 2009

Caleidoscópico Berlín



Berlín, 18 de julio de 2008

Berlín ha soportado varias cirugías al corazón. Las tres millones de personas que caminan por la ciudad la han convertido en la quinta metrópoli más poblada de la Unión Europea. Sus paredes pintadas con aerosol esconden anécdotas que parecen haberse escapado de los pies de página de los libros de historia.

Cuando regrese a casa y piense en Berlín, recordaré los matices de los muros que brotan de la exhalación del spray; el color del Tiergarten, el pulmón verde de la ciudad. Dicen que el nombre del parque de 210 hectáreas significa “jardín de animales”, pues en sus primeros años era una zona exclusiva para cazar jabalíes y ciervos.


El tiempo avanza más rápido que el metro, es más veloz que nuestros pies. Vamos con calma, pero Berlín no se detiene, tiene vida propia. La Iglesia de la Memoria, los restos del Muro de Berlín, la Puerta de Brandeburgo, el mercado Hackescher, el Sony Center, el monumento por las víctimas del Holocausto, Potsdamer Platz, el río Spree y sus orillas. La ciudad es una mezcla caleidoscópica.

Nos vemos en Alexanderplatz.





viernes, 16 de octubre de 2009

El ombligo

X
Son casi las 6 de la tarde y el sol ya se quiere ir. Es miércoles en Cusco. Estoy en Trotamundos, un local alrededor de la Plaza de Armas. La gente camina con calma: algunos miran las tiendas, otros disfrutan la arquitectura colonial, unos sólo pasan. Desde el balcón de este café puedo admirar la Catedral completa, sin forzar el cuello hasta donde alcance la mirada.

Como luciérnagas, las luces han empezado a encender la plaza, su matriz. La iluminan con tonos ocres, marrones y amarillos. Los turistas van llegando de sus recorridos por la ciudad: llevan sus mochilas en la espalda, una botella de agua en una mano y en la otra, un mapa. Sus rostros transpiran cansancio, sorpresa y encanto.

Cusco sí es un ombligo, es la ciudad de todo el mundo. A veces parece que todo cuesta: los recuerdos, las fotos, los paisajes, la mística, las sonrisas. Pero el cariño de la ciudad se siente en los ojos de los niños, la fuente de la plaza, los techos rojos, las calles de piedra y empinadas.


Aunque en algunos museos de la ciudad se siente un vacío cultural, los templos cusqueños, Sacsayhuamán, el centro histórico y los sitios aledaños, como las Salineras de Maras, los andenes de Moray y el pueblito Chinchero, valen muchísimo la pena.

El Coricancha, por ejemplo, es uno de los templos más visitados. El llamado 'recinto de oro' solía ser el lugar sagrado para adorar al dios sol, al Inti. Un guía explicó –en dos idiomas, por supuesto-, que los incas ingresaban al templo en ayunas, descalzos y con una carga en la espalda para demostrar su humildad.

Así es Cusco, espiritual, apasionante. Su cielo provoca colgarse del cuello de una nube. Esta noche iremos a San Blas, una zona llena de bares que desprenden música, humo y bohemia. Para subir hasta el barrio cosmopolita pasaremos por la piedra de 12 ángulos, andaremos por la famosa cuesta de San Blas.

Celebraremos en 7 Angelitos, tomaremos un Chilcano y tocará una banda de rock. Hablaremos de todo, de nada. Bailaremos Pearl Jam y Pink Floyd hasta las 3 de la mañana, aunque luego nos resten pocas horas de sueño. Caminaremos por la Plaza de Armas, otra vez. Iremos en dirección de la avenida El Sol, doblaremos por Santa Catalina ancha y llegaremos al hotel, sonriendo.


miércoles, 30 de septiembre de 2009

Salinas de Guaranda, la economía de un pueblo



Salinas de Guaranda es sinónimo de integración y desarrollo. Con paciencia, organización y la buena disponibilidad de sus habitantes, este pueblo ecuatoriano ha creado una red de microempresas exitosas que exportan sus productos a nivel nacional y al extranjero, y han conseguido un modelo sostenible que no sólo les permite subsistir, sino también prosperar.

La comunidad de Salinas se asienta a 3.500 metros sobre el nivel del mar, al norte de la provincia de Bolívar, en la sierra ecuatoriana, a casi cinco horas en auto desde Quito, atravesando las montañas y los valles profundos del Ecuador.

Los pobladores de la zona son campesinos, agricultores y ganaderos. Sus actividades están marcadas por las tareas artesanales y agrícolas. Eduardo tiene 20 años y trabaja como guía en la Oficina de Turismo Comunitario. Mientras caminamos por las callecitas empinadas, Eduardo nos cuenta que hasta 1970 Salinas era un lugar olvidado en la serranía ecuatoriana.

En el Estudio de las Empresas Comunitarias de Salinas de Bolívar (Ecuador), Luis González señala que, antes, los índices de pobreza, insalubridad y analfabetismo eran excesivos: la mortalidad infantil era de 45% y el analfabetismo cerca de 85%. Salinas estaba perdido en la cordillera occidental de los Andes: no había carretera, ni agua, ni luz eléctrica, ni teléfono. La única fuente de sustento de la zona eran las minas de sal, que tampoco rendían lo suficiente para lograr el bienestar de los pobladores.

A principios de los 70, el sacerdote italiano Antonio Polo llegó desde Venecia a Salinas de Guaranda para iniciar una labor evangelizadora. Durante su estadía, el religioso descubrió que el potencial del pueblo y los recursos de la zona valían oro. Desde entonces, bajo el lema “Salir de la pobreza con solidaridad”, el padre Polo ayudó a organizar a los campesinos y, juntos, empezaron a trabajar una ‘economía solidaria’, basada en la gente y sus comunidades.



El primer negocio que crearon fue la quesería. Más tarde, la fábrica de chocolate y turrón. Hoy, Salinas de Guaranda comercializa sus productos bajo la marca bandera Salinerito y ofrece en el recorrido turístico por el pueblo una visita por la hilandería; los talleres de pelotas de fútbol, artesanías y tejidos; la fábrica de embutidos, etc.

La arteria principal de las microempresas de Salinas es el trabajo en red: los pobladores utilizan los recursos de la zona para producir. Así, por ejemplo, los vecinos de las comunidades aledañas venden lo que producen sus vacas a la lechería y a la quesería, que a la vez trabaja con los utensilios de madera producidos en la carpintería. Las plantas medicinales que comercializan, uno de sus productos más solicitados en el extranjero, se extraen de la vegetación del entorno; el chocolate y el turrón se fabrican con el cacao de la región; y la embutidora se nutre de la carne de los animales de la zona.

Antes de terminar el recorrido por las tiendas, Eduardo nos cuenta que en Salinas la desocupación es asunto del pasado. Las microempresas dan empleo al total de la población, pues algunos se ocupan de vender sus materias primas y otros trabajan en las fábricas y los puntos de venta.

Hoy, los pobladores de Salinas de Guaranda ya no sienten la necesidad de emigrar a la ciudad o al extranjero. Y aunque están contentos de recibir un sueldo por su trabajo digno, persisten en su lucha por combatir la pobreza y conseguir una mejor educación para sus hijos, quienes, más adelante, se encargarán de conducir la batuta empresarial del pueblo.


lunes, 28 de septiembre de 2009

Postal de una noche

En algún tren entre Essen y Berlín, 15 de julio de 2008


Düsseldorf y Essen son hermanas en el norte de Alemania; viven, respiran y duermen en el oriente de Westfalia. Compré una postal en la estación del metro de Essen. Es amarilla y lleva el nombre de la ciudad en letras grandes y negras. Escribí: “Düsseldorf, más que una ciudad, una imagen o un paisaje, es un sabor. El sabor de las cervezas artesanales de los bares, mil pitadas de tabaco, unos besos en la calle, un buen desayuno después de comer por varios días sólo pan y Nutella”.

Llegamos a Düsseldorf al empezar la tarde. Recorrimos algunas de sus calles empedradas, estilo medieval, y nos sentamos frente al río Rin a mirar el parque de diversiones que está al otro lado de la ciudad. El cielo era púrpura, brillante por las luces de neón. Era verano y hacía calor. Entonces decidimos tomar un tour de cervezas por los bares de la ciudad para calmar la sed y soltar la rienda. Recuerdo una stratocaster que colgaba de la pared de uno de los locales.



La noche fue cayendo junto a la espuma de las bebidas de cebada, aromatizadas con lúpulo. Perdimos la noción del tiempo y el último tren que nos llevaría a casa de Pablo, en Essen. El próximo tranvía empezaba a circular a las 6 de la mañana.

Esperamos lo suficiente: toda la noche. Tomamos más cerveza, visitamos otros bares, probé el jäggermeister, bailamos música alemana y caímos en un puesto de comida turca para aplacar el hambre. También comimos helados y papas fritas en el McDonald’s de la esquina de la estación del metro.

Cuando llegamos al piso de Pablo, el sol ya alumbraba fuerte. Estábamos cansados de caminar. Dormimos dos o tres horas, no más. Después, un desayuno en el balcón, música de Julito Jaramillo, el sol y un tren más. Esta vez hacia Berlín.


miércoles, 23 de septiembre de 2009

Las máquinas del profesor Betini

Hace mucho tiempo, en una ciudad lejana, vivían el profesor Betini y sus tres hijos: Desy, Diu y Chos. La esposa del profesor murió de una triste enfermedad cuando los niños eran pequeños. Betini era un célebre inventor. Él trabajaba mucho: se pasaba el tiempo inventando cosas para manterse ocupado y distraer a las personas de sus penas. El profesor había inventado, por ejemplo, la máquina para espantar la tristeza y un aparato para escapar de la realidad.

Aunque estaba siempre ocupado, el profesor amaba a sus hijos. Para remediarlo, el inventor trataba siempre de hacerles sonreír. Inventaba todo tipo de máquinas para divertir a los pequeños. A Desy, la mayor, le encantaban las estrellas. El profesor Betini inventó para su hija la máquina para bajar estrellas. Con el regalo de su padre, Desy podía coleccionar los astros. A pesar de su bello muestrario, la niña no era completamente feliz.


Diu amaba la música. Ella se divertía escuchando los sonidos de la naturaleza, los animales, el mundo. Para hacerla feliz, el inventor construyó la máquina para escuchar los planetas. Mercurio, Venus, Tierra, Marte, Júpiter, Saturno, Urano y Neptuno. Diu podía escuchar todos los movimientos del universo. Ella pasaba el tiempo tratando de descubrir si en el infinito existía otro tipo de vida. Pero la niña no era completamente feliz.



Chos, el más pequeño de la familia, amaba viajar. Era un explorador por naturaleza. Él quería conocer los lugares más lejanos del mundo. Entonces, su padre inventó el teletransportador personal. Con la máquina de teletransportación, el chico pudo visitar los lugares más recónditos de la tierra. A pesar del sueño de su vida, Chos no se sentía completamente feliz.



Un día, el profesor Betini decidió hablar con sus hijos para saber qué les faltaba para ser felices.

–Papá, a mí me hace falta alguien con quien compartir mis estrellas– dijo Desy.

–Sí, yo creo que es lo mismo para mí. Mi máquina puede hacer muchas cosas, pero me gustaría escuchar un sonido más familiar– dijo, en seguida, la pequeña Diu.

–Papá, a mí me encantaría viajar en mi máquina y vivir las aventuras contigo– no demoró en soltar Chos.

En seguida, Betini se dio cuenta de que sus hijos no necesitaban las máquinas, sino la ternura y el cariño de su padre, pasar tiempo con él, pues era la única familia que ellos tenían.

Desde entonces, los cuatro comenzaron a divertirse y a construir los artefactos. Juntos inventaron el aparato para hacer arco iris, la máquina para atrapar pesadillas y la grúa para levantar el ánimo.

*Este cuento ha sido inspirado en la obra del artista Fito Espinosa.