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viernes, 5 de febrero de 2010

Praga, darling, Praga

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"¡Ay! Praga, Praga, Praga, donde el amor naufraga en un acordeón.
¡Ay! Praga, darling, Praga, los condenados pagan cara su redención".
Cristales de Bohemia, Joaquín Sabina



“I’m sorry, i’m not from Praga”, nos dijo un hombre de unos 50 años, que atendía en la oficina de información turística en la estación de trenes de Praga. El viernes 18 de julio de 2008 llegamos desde Berlín, faltaba poco para la media noche y el peso de las mochilas se sentía más y más en las espaldas a medida que el tiempo y el metro desfilaban. Cambiamos euros por coronas checas y empezamos a buscar el hotel. Aquella primera noche en Praga terminó con tres cervezas y muchas expectativas sobre la mesa.

Todavía hoy cierro los ojos y siento el susurro del río Moldava. Puedo darle la espalda y caminar sobre el Karluv most (puente Carlos), bajo la mirada de sus 30 estatuas de estilo barroco. El puente Carlos es el más antiguo de Praga, tiene 520 metros de largo y un ancho de casi 10 metros. Cruza el río Moldava y une la Ciudad Vieja (Stare Mesto) con la Ciudad Pequeña o Barrio Menor (Malá Strana).



Praga es la capital de República Checa y el centro de Bohemia, una de las tres regiones históricas que componen el país. Es la ciudad del arte gótico, de la Catedral de San Vito, de los castillos de los cuentos de hagas y las marionetas; es la casa de Franz Kafka y Milan Kundera.



El casco histórico de la ciudad es Patrimonio de la Humanidad desde 1992. Nos recuerdo sentados en el suelo de adoquines de la Plaza Vieja, comiendo helados, repasando un mapa y mirando pasar la gente.

lunes, 30 de noviembre de 2009

Caleidoscópico Berlín



Berlín, 18 de julio de 2008

Berlín ha soportado varias cirugías al corazón. Las tres millones de personas que caminan por la ciudad la han convertido en la quinta metrópoli más poblada de la Unión Europea. Sus paredes pintadas con aerosol esconden anécdotas que parecen haberse escapado de los pies de página de los libros de historia.

Cuando regrese a casa y piense en Berlín, recordaré los matices de los muros que brotan de la exhalación del spray; el color del Tiergarten, el pulmón verde de la ciudad. Dicen que el nombre del parque de 210 hectáreas significa “jardín de animales”, pues en sus primeros años era una zona exclusiva para cazar jabalíes y ciervos.


El tiempo avanza más rápido que el metro, es más veloz que nuestros pies. Vamos con calma, pero Berlín no se detiene, tiene vida propia. La Iglesia de la Memoria, los restos del Muro de Berlín, la Puerta de Brandeburgo, el mercado Hackescher, el Sony Center, el monumento por las víctimas del Holocausto, Potsdamer Platz, el río Spree y sus orillas. La ciudad es una mezcla caleidoscópica.

Nos vemos en Alexanderplatz.





viernes, 16 de octubre de 2009

El ombligo

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Son casi las 6 de la tarde y el sol ya se quiere ir. Es miércoles en Cusco. Estoy en Trotamundos, un local alrededor de la Plaza de Armas. La gente camina con calma: algunos miran las tiendas, otros disfrutan la arquitectura colonial, unos sólo pasan. Desde el balcón de este café puedo admirar la Catedral completa, sin forzar el cuello hasta donde alcance la mirada.

Como luciérnagas, las luces han empezado a encender la plaza, su matriz. La iluminan con tonos ocres, marrones y amarillos. Los turistas van llegando de sus recorridos por la ciudad: llevan sus mochilas en la espalda, una botella de agua en una mano y en la otra, un mapa. Sus rostros transpiran cansancio, sorpresa y encanto.

Cusco sí es un ombligo, es la ciudad de todo el mundo. A veces parece que todo cuesta: los recuerdos, las fotos, los paisajes, la mística, las sonrisas. Pero el cariño de la ciudad se siente en los ojos de los niños, la fuente de la plaza, los techos rojos, las calles de piedra y empinadas.


Aunque en algunos museos de la ciudad se siente un vacío cultural, los templos cusqueños, Sacsayhuamán, el centro histórico y los sitios aledaños, como las Salineras de Maras, los andenes de Moray y el pueblito Chinchero, valen muchísimo la pena.

El Coricancha, por ejemplo, es uno de los templos más visitados. El llamado 'recinto de oro' solía ser el lugar sagrado para adorar al dios sol, al Inti. Un guía explicó –en dos idiomas, por supuesto-, que los incas ingresaban al templo en ayunas, descalzos y con una carga en la espalda para demostrar su humildad.

Así es Cusco, espiritual, apasionante. Su cielo provoca colgarse del cuello de una nube. Esta noche iremos a San Blas, una zona llena de bares que desprenden música, humo y bohemia. Para subir hasta el barrio cosmopolita pasaremos por la piedra de 12 ángulos, andaremos por la famosa cuesta de San Blas.

Celebraremos en 7 Angelitos, tomaremos un Chilcano y tocará una banda de rock. Hablaremos de todo, de nada. Bailaremos Pearl Jam y Pink Floyd hasta las 3 de la mañana, aunque luego nos resten pocas horas de sueño. Caminaremos por la Plaza de Armas, otra vez. Iremos en dirección de la avenida El Sol, doblaremos por Santa Catalina ancha y llegaremos al hotel, sonriendo.


miércoles, 30 de septiembre de 2009

Salinas de Guaranda, la economía de un pueblo



Salinas de Guaranda es sinónimo de integración y desarrollo. Con paciencia, organización y la buena disponibilidad de sus habitantes, este pueblo ecuatoriano ha creado una red de microempresas exitosas que exportan sus productos a nivel nacional y al extranjero, y han conseguido un modelo sostenible que no sólo les permite subsistir, sino también prosperar.

La comunidad de Salinas se asienta a 3.500 metros sobre el nivel del mar, al norte de la provincia de Bolívar, en la sierra ecuatoriana, a casi cinco horas en auto desde Quito, atravesando las montañas y los valles profundos del Ecuador.

Los pobladores de la zona son campesinos, agricultores y ganaderos. Sus actividades están marcadas por las tareas artesanales y agrícolas. Eduardo tiene 20 años y trabaja como guía en la Oficina de Turismo Comunitario. Mientras caminamos por las callecitas empinadas, Eduardo nos cuenta que hasta 1970 Salinas era un lugar olvidado en la serranía ecuatoriana.

En el Estudio de las Empresas Comunitarias de Salinas de Bolívar (Ecuador), Luis González señala que, antes, los índices de pobreza, insalubridad y analfabetismo eran excesivos: la mortalidad infantil era de 45% y el analfabetismo cerca de 85%. Salinas estaba perdido en la cordillera occidental de los Andes: no había carretera, ni agua, ni luz eléctrica, ni teléfono. La única fuente de sustento de la zona eran las minas de sal, que tampoco rendían lo suficiente para lograr el bienestar de los pobladores.

A principios de los 70, el sacerdote italiano Antonio Polo llegó desde Venecia a Salinas de Guaranda para iniciar una labor evangelizadora. Durante su estadía, el religioso descubrió que el potencial del pueblo y los recursos de la zona valían oro. Desde entonces, bajo el lema “Salir de la pobreza con solidaridad”, el padre Polo ayudó a organizar a los campesinos y, juntos, empezaron a trabajar una ‘economía solidaria’, basada en la gente y sus comunidades.



El primer negocio que crearon fue la quesería. Más tarde, la fábrica de chocolate y turrón. Hoy, Salinas de Guaranda comercializa sus productos bajo la marca bandera Salinerito y ofrece en el recorrido turístico por el pueblo una visita por la hilandería; los talleres de pelotas de fútbol, artesanías y tejidos; la fábrica de embutidos, etc.

La arteria principal de las microempresas de Salinas es el trabajo en red: los pobladores utilizan los recursos de la zona para producir. Así, por ejemplo, los vecinos de las comunidades aledañas venden lo que producen sus vacas a la lechería y a la quesería, que a la vez trabaja con los utensilios de madera producidos en la carpintería. Las plantas medicinales que comercializan, uno de sus productos más solicitados en el extranjero, se extraen de la vegetación del entorno; el chocolate y el turrón se fabrican con el cacao de la región; y la embutidora se nutre de la carne de los animales de la zona.

Antes de terminar el recorrido por las tiendas, Eduardo nos cuenta que en Salinas la desocupación es asunto del pasado. Las microempresas dan empleo al total de la población, pues algunos se ocupan de vender sus materias primas y otros trabajan en las fábricas y los puntos de venta.

Hoy, los pobladores de Salinas de Guaranda ya no sienten la necesidad de emigrar a la ciudad o al extranjero. Y aunque están contentos de recibir un sueldo por su trabajo digno, persisten en su lucha por combatir la pobreza y conseguir una mejor educación para sus hijos, quienes, más adelante, se encargarán de conducir la batuta empresarial del pueblo.


lunes, 28 de septiembre de 2009

Postal de una noche

En algún tren entre Essen y Berlín, 15 de julio de 2008


Düsseldorf y Essen son hermanas en el norte de Alemania; viven, respiran y duermen en el oriente de Westfalia. Compré una postal en la estación del metro de Essen. Es amarilla y lleva el nombre de la ciudad en letras grandes y negras. Escribí: “Düsseldorf, más que una ciudad, una imagen o un paisaje, es un sabor. El sabor de las cervezas artesanales de los bares, mil pitadas de tabaco, unos besos en la calle, un buen desayuno después de comer por varios días sólo pan y Nutella”.

Llegamos a Düsseldorf al empezar la tarde. Recorrimos algunas de sus calles empedradas, estilo medieval, y nos sentamos frente al río Rin a mirar el parque de diversiones que está al otro lado de la ciudad. El cielo era púrpura, brillante por las luces de neón. Era verano y hacía calor. Entonces decidimos tomar un tour de cervezas por los bares de la ciudad para calmar la sed y soltar la rienda. Recuerdo una stratocaster que colgaba de la pared de uno de los locales.



La noche fue cayendo junto a la espuma de las bebidas de cebada, aromatizadas con lúpulo. Perdimos la noción del tiempo y el último tren que nos llevaría a casa de Pablo, en Essen. El próximo tranvía empezaba a circular a las 6 de la mañana.

Esperamos lo suficiente: toda la noche. Tomamos más cerveza, visitamos otros bares, probé el jäggermeister, bailamos música alemana y caímos en un puesto de comida turca para aplacar el hambre. También comimos helados y papas fritas en el McDonald’s de la esquina de la estación del metro.

Cuando llegamos al piso de Pablo, el sol ya alumbraba fuerte. Estábamos cansados de caminar. Dormimos dos o tres horas, no más. Después, un desayuno en el balcón, música de Julito Jaramillo, el sol y un tren más. Esta vez hacia Berlín.


miércoles, 22 de abril de 2009

París es una fiesta

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París, 11 de julio de 2008

Después de un sinnúmero de historias y canciones, la fantasía de París es una realidad. Escogimos como punto de partida la localidad de Hendaya, frontera entre Francia y España. Aprovechamos el trayecto de cinco horas en tren para armar un itinerario que se acomode a los gustos y nos permita conocer en cuatro días lo justo y necesario de la Ciudad Luz: la Torre Eiffel, por supuesto; el Museo del Louvre; caminar por las orillas del Sena; recorrer la Avenida de los Campos Elíseos hasta llegar al Arco del Triunfo; visitar el cementerio de Montparnasse.

Una mariposa traviesa ha jugado en mi estómago durante el viaje y no me ha dejado cerrar los ojos. Muchas veces lo había imaginado, pero ni el rugir de la locomotora ha conseguido apaciguar mis sentidos para asimilar que pronto, muy pronto, pisaré el París cruel de Vallejo, la ciudad nostálgica de Bryce, el corazón literario de Cortázar.

Llegamos a la Ville Lumière pasada la media noche. Primera parada: la Plaza de la Bastilla, símbolo por excelencia de la Revolución Francesa. La puerta abierta de un bar, un té helado, una cerveza, cigarrillos, una banda de jazz y el afán de encontrar el amor parisino en una buhardilla al mismo estilo de Martín Romaña. Una noche de novela.
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El reloj climatológico indica que estamos en pleno verano pero no confío en su palabra. Hoy el cielo ha amanecido pintado de plomo. Entonces aprovechamos para visitar el Palacio de Versalles, donde pasamos la mayor parte del día conociendo el castillo y sus jardines, en Île de France, a media hora en tren desde París. Un promedio de tres millones de personas visitan al año la mansión de Luis XIV. Esta mañana de julio nos sumamos a la masa.


Más tarde, regresamos a la ciudad y subimos hasta Montmartre. En las calles empedradas se respira bohemia. Los alrededores de las plazas están adornados con pinturas y arte, además de la peculiar forma de sentarse en las mesas de dos personas en los bares, como mirando hacia la calle y de espaldas al local.
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Subiendo la colina de 130 metros que es Montmartre pienso en las escenas de la comedia francesa Amélie (Le fabuleux destin d'Amélie Poulain, Jean-Pierre Jeunet, 2001) que grabaron en ese lugar. En las faldas escalonadas de la loma se puede encontrar a jóvenes de todas las razas haciendo música o simplemente charlando; y desde lo más alto se puede disfrutar de París en todo su esplendor. La Torre Eiffel con sus más de 300 metros de hierro, la catedral gótica de Notre-Dame y el Sena, lucen de lejos como miniaturas dentro de la gran ciudad.

La Basílica del Sagrado Corazón está situada en la cima de Montmartre. Las cuatro cúpulas de estilo romano que la acompañan impresionan y el altar está decorado con una imagen pintada del Sagrado Corazón de Jesús. Desde los pies del Sacré Cœur la ciudad se ve perfecta. El sol está cayendo y el cielo se ha puesto morado. Pienso en lo que dijo el escritor Antonio Cisneros, que “desde hace casi un par de siglos hay un París que brilla en la imaginación de todos”. Entonces recuerdo, como Cisneros, que tres de los mejores narradores –y favoritos, además- del Perú, Julio Ramón Ribeyro, Mario Vargas Llosa y Alfredo Bryce “fueron alguna vez unos muchachos cumpliendo el viejo sueño del desván en el Barrio Latino, con algo de pan y queso y un poco de papel para escribir. Eran aún los tiempos en que nadie nos pedía visa”.

Es de noche, la segunda en París. Terminamos la jornada en Le rendez vous des amis, un simpático bar en el que ordenamos una fiambre de quesos y algunas cervezas. Estamos cansados y maravillados. Hacemos el recuento del día, reímos y nos emocionamos. Quiero tomar muchas fotografías, que París nos quede para siempre.
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Fotos: María José Correa
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lunes, 30 de marzo de 2009

La Pirámide del siglo XX

Esa mañana de verano despertamos bastante temprano; nos habían aconsejado sacarle ventaja al día para aprovechar nuestra visita al Museo del Louvre. El cielo parisino de aquel domingo fue el cliché hecho firmamento: una masa de nubes cargadas de agua impedía el asomo de los rayos tenues del sol francés.

Foto: María José Correa

Con 21 metros de altura y 180 toneladas de peso, la Pirámide del Museo del Louvre se nos presentó imponente en el corazón del museo más visitado del mundo (en el 2008, recibió quince millones de visitantes). Diseñada por el arquitecto chino-estadounidense Ieo Ming Pei, la Pirámide fue inaugurada hace 20 años, un 30 de marzo de 1989, por el presidente francés de turno, François Mitterrand.

Los brazos laterales del Louvre acogen a la belle pyramide y la acomodan en su pecho. Al mismo estilo de las Pirámides de Egipto, la inclinación de sus paredes de vidrio y aluminio es de 51º. Desde su construcción, la hija del Louvre estuvo en el ojo de la tormenta. Al principio desató polémica por su modernidad, y más tarde por los mitos urbanos que se tejieron alrededor de ella.

La revista Todo arquitectura cuenta que la idea de Mitterrand de construir una obra tan vanguardista en el corazón del antiguo palacio dio lugar a una polémica nacional: “la construcción de la pirámide generó una notable controversia porque muchos pensaban que esta ampliación modernista estaba totalmente fuera de lugar frente al Museo del Louvre, con su arquitectura clásica”. Sin embargo, muy pronto la población comenzó a valorar la armonía entre los estilos arquitectónicos “como una exitosa amalgama entre lo viejo y lo nuevo, lo antiguo y lo moderno”. Veinte años más tarde, el mundo del arte celebra con bombos y platillos la existencia de la Pirámide del Louvre.

Una segunda controversia se desató debido a la connotación diabólica que se asoció a los 666 paneles de cristal que la componen. En el 2003, el escritor americano Dan Brown sazonó con más picante la polémica religiosa situando en las instalaciones del Museo del Louvre, y en particular en el seno de la Pirámide, la trama de su libro El código Da Vinci. Luego de 80 millones de ejemplares vendidos, en el 2006, Tom Hanks y Audrey Tautou dieron vida cinematográfica a los personajes de la historia.

La Pirámide es el acceso principal al interior del Museo del Louvre. Esta modificación resultó muy necesaria pues la antigua entrada principal del museo no ofrecía las comodidades que ahora tienen los visitantes. En el salón subterráneo, justo debajo de la pirámide de cristal, se encuentran tres galerías del Louvre que el visitante puede elegir para empezar su recorrido: Richelieu al norte, Denon al sur y Sully al este. Detrás de estos pabellones se exhiben 35 mil de las 45 mil obras que posee el museo. Estas piezas artísticas cuentan la historia del arte occidental desde las civilizaciones antiguas hasta el siglo XIX.

Como es de esperar, la celebración por los 20 años de la Pirámide del Louvre estará cargada de cultura, entre coloquios, conciertos, proyecciones, conferencias, publicaciones, sesiones de cine y un largo etcétera. Los eventos se realizarán durante todo el mes de abril.
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miércoles, 25 de marzo de 2009

Bendito desierto


Inmensidad, calma, aventura, belleza, color. El desierto es el álter ego del mar. San Pedro de Atacama está asentado en el brazo norte de Chile, en la región de Antofagasta, la segunda del país sureño.

Día 1. El pueblo de San Pedro está atrapado en el desierto más árido del mundo, a dos horas de la ciudad de Calama. Sus calles de tierra huelen a turismo. A ambos lados de la peatonal Caracoles –la calle principal- están concentrados restaurantes, bares, agencias, comercios, tiendas de bisutería y varios locales de artesanía. Cuentan que antes sólo llegaban hasta la comuna mochileros en busca de aventura. Hoy en día San Pedro es uno de los pueblos más visitados por miles de extranjeros que buscan paisajes exóticos y belleza natural.

Lentes de sol, protector solar, un sombrero, ropa holgada y fresca, y mucha agua, son los elementos claves para disfrutar lo que ofrece la capital arqueológica de Chile. Caminar por San Pedro es andar sobre 2.500 metros sobre el nivel del mar. Una vez en el pueblo, la Iglesia de San Pedro es de visita obligatoria. No se conoce la fecha de su edificación, pero se sabe que en 1641 ya funcionaba como parroquia. Hecho de madera, adobe y algarrobo, el templo es bastante acogedor.
Para enamorarse del desierto de Atacama basta visitar el Valle de la Luna. Este valle está ubicado a 19 Km. de San Pedro y es, de lejos, el sitio ideal para esperar la caída del sol. El recorrido se inicia en las Minas de Sal, una montaña que invita a la aventura, cual Indiana Jones, de caminar, recorrer, subir y bajar una superficie rocosa, accidentada y oscura.
Pero el verdadero espectáculo comienza en el sendero Duna Mayor, donde se empieza a sentir la llegada del atardecer. Los constantes movimientos de la tierra y la actividad volcánica han hecho del Valle de la Luna una formación constituida por rocas, sal, yeso y arcilla, que le debe su nombre al parecido que tiene con la superficie lunar.

Día 2. El desierto de Atacama es una inmensa alfombra de rocas y arena. Luego de atravesar un camino dificultoso de 30 Km. desde San Pedro se llega a la Laguna Cejas. El agua es de color esmeralda y los bordes de la laguna están cristalizados por la sal. Si el viajero decide aventurarse en el agua disfrutará de un efecto gravitatorio, pues la cantidad de sal condensada en el fondo de la laguna permite que los cuerpos floten sin mayor esfuerzo.
Recorriendo unos kilómetros hacia el oriente del Salar de Atacama se llega a Soncor, un laberinto de sal producido por la evaporación de aguas subterráneas. En este lugar se puede encontrar lo que la guía turística de San Pedro llama “costras de cloruro de hasta 70 cm. de alto”. Después de atravesar la zona del Soncor, se llega a la Laguna Chaxa, hasta donde aterrizan tres de las seis especies de flamencos que existen en el mundo. Desde la orilla se puede observar al elegante animal de patas largas alimentándose y coloreando el paisaje con sus tonalidades rojas, blancas y negras. En la laguna conviven el Flamenco de James, el Flamenco Chileno y el Flamenco Andino.

Día 3. Llegar hasta San Pedro de Atacama y no visitar los géiseres El Tatio es como ir a Egipto y dejar pasar las pirámides. La cuenca geotérmica El Tatio se ubica en la cordillera andina, a 90 Km. al norte de San Pedro y a 4.320 metros sobre el nivel del mar. El agua de los géiseres emerge a la superficie atravesando las grietas de la corteza terrestre debido a la actividad volcánica subterránea. El líquido hierve a unos 86º C y alcanza unos diez metros de altura. El recorrido para llegar a la cima de los géiseres se inicia a las cuatro de la mañana y el viaje en bus dura dos horas. Es preciso llevar buen abrigo, ya que la temperatura suele estar bajo 0º.
Desde El Tatio hasta el poblado de Machuca, el paisaje está impregnado de matices ocres, marrones y verdes, y de una impresionante fauna de llamas y vicuñas que se alimentan en los campos aledaños. Llegando al pueblo el viajero podrá descansar, estirar las piernas y saborear la carne de llama y el queso de cabra. Tomando un desvío desde Machuca se llega a las termas de Puritama, un sector de aguas tibias compuestas por minerales que poseen propiedades muy aptas para el baño terapéutico.

Día 4. Es el último día en San Pedro de Atacama. Entonces aprovechamos para dar una vuelta por el pueblo y apreciar la artesanía del norte de Chile. Entre la oficina de correos y la placita principal se ubica el Museo arqueológico R.P. Padre Le Paige, un jesuita que por el año 50 llegó a San Pedro para encargarse de la religión y que realizó una importante labor recolectando objetos indígenas. En el museo se pueden encontrar vasijas, grabados, tejidos, vestimentas y cerámicas que utilizaban los antiguos pobladores atacameños. El tour arqueológico se completa con la visita a la fortaleza Pukará de Quitor, una edificación del siglo XII que fue construida por los nativos con fines estratégicos y defensivos. Antes de partir visitamos el Valle de la Muerte y Hierbas Buenas. El primero llama la atención sobre todo por su nombre: es un campo desértico inmenso, suave, atractivo. Esta duna es una de las preferidas para realizar deportes de aventura como el sandboard. Mientras que el principal atractivo de la zona de Hierbas Buenas es el arte rupestre. Así, podemos encontrar petroglifos (grabados en piedra) que datan de ocho mil años atrás y que los antiguos pobladores desarrollaron como expresiones culturales. Los grabados más representativos son las figuras de zorros, flamencos, llamas y algunas escenas de caza.

Un guía nos cuenta que en San Pedro de Atacama llueve poco y que la caída de agua más fuerte del año tuvo lugar hace un par de semanas. Sin embargo, vemos por la ventana trasera del auto que un cielo plomizo bastante cargado extiende sus brazos para alcanzarnos. Es hora de volver a casa.







Fotos: María José Correa

lunes, 2 de marzo de 2009

La comunidad del pe(s)cado

El Terminal Bayóvar es conocido entre los empleados de Petróleos del Perú (Petroperú) como la instalación más serena de toda la ruta, pues la playa y el aire fresco de la brisa marina hacen lo suyo. Pero como un lunar en el rostro del paisaje, la caleta de Puerto Rico se vuelve inevitable ante los ojos de los trabajadores que a diario viajan de las viviendas a la zona industrial.



Puerto Rico -la caleta, no el país- se ubica a cinco minutos del Terminal Bayóvar, en la provincia de Sechura, en Piura. El sitio se conoce como una de las zonas más pobres del Perú, lo que resulta fácil de percibir en los rostros y las ropas de los más de 70 niños que a diario juegan a la pelota entre la tierra y la basura.

Elton tiene ocho años y una sonrisa encantadora, vive son sus padres y sus siete hermanos, y le gusta bailar cumbia. Como todas las familias del lugar, la suya se sustenta de la pesca. Con el dinero que recaudan del negocio, las familias podrían vivir con un sustento razonable, pero los hábitos poco saludables son el pan de cada día en Puerto Rico.


Nely Chapa Ruiz, representante de la Defensoría Municipal del Niño y el Adolescente (Demuna) de Sechura, cuenta que los casos de violencia familiar son reincidentes en la caleta. Por eso ha propuesto abrir una oficina de la Demuna en el corazón de Puerto Rico. Con el apoyo de la Municipalidad y de las empresas que operan alrededor del pueblo (como la petrolera estatal Petroperú y la explotadora de fosfatos Vale do Rio Doce) esta delegación atendería más rápidamente los casos de maltrato infantil y violencia familiar.

Como la mayoría de las caletas de Sechura, Puerto Rico no cuenta con agua potable las 24 horas del día. La basura se junta al costado de las casas formando pilas que son custodiadas por gallinazos. Pero la suciedad de las calles y la falta de higiene no son el detonante de la miseria, sino los malos hábitos de los pobladores. Cuentan los trabajadores de las empresas aledañas que cuando los pescadores cobran por la venta del pescado, se gastan el sueldo jugando cartas y tomando cervezas. El alcohol sube a la cabeza y de ahí se desatan los pleitos, los homicidios, los embarazos no deseados y la violencia.

Por ley, las empresas que trabajan con materias primas como el petróleo y el fosfato deben contar entre sus principios con políticas de responsabilidad social y medio ambiente. Al menos una vez al mes, las empresas de los alrededores 'bajan' a la caleta para realizar proyecciones a la comunidad: charlas de salubridad, campañas de limpieza, entrega de víveres y otras actividades educativas. El supervisor de una de ellas advierte que la solidaridad es importante para que los pobladores se identifiquen con las compañías y, a su manera, colaboren y crezcan juntos. Lamentablemente, algunos perciben la ayuda como una obligación de las empresas y (sobre)viven a la espera de lo material.

La vida en la caleta de Puerto Rico tiene el argumento de una película peruana de corte social: violencia, calles sucias, olor a tristeza y desagüe. Aún así, y con escenas de esperanza, el final de la historia está por escribirse.