






Berlín, 18 de julio de 2008

El tiempo avanza más rápido que el metro, es más veloz que nuestros pies. Vamos con calma, pero Berlín no se detiene, tiene vida propia. La Iglesia de la Memoria, los restos del Muro de Berlín, la Puerta de Brandeburgo, el mercado Hackescher, el Sony Center, el monumento por las víctimas del Holocausto, Potsdamer Platz, el río Spree y sus orillas. La ciudad es una mezcla caleidoscópica.







Düsseldorf y Essen son hermanas en el norte de Alemania; viven, respiran y duermen en el oriente de Westfalia. Compré una postal en la estación del metro de Essen. Es amarilla y lleva el nombre de la ciudad en letras grandes y negras. Escribí: “Düsseldorf, más que una ciudad, una imagen o un paisaje, es un sabor. El sabor de las cervezas artesanales de los bares, mil pitadas de tabaco, unos besos en la calle, un buen desayuno después de comer por varios días sólo pan y Nutella”.
Llegamos a Düsseldorf al empezar la tarde. Recorrimos algunas de sus calles empedradas, estilo medieval, y nos sentamos frente al río Rin a mirar el parque de diversiones que está al otro lado de la ciudad. El cielo era púrpura, brillante por las luces de neón. Era verano y hacía calor. Entonces decidimos tomar un tour de cervezas por los bares de la ciudad para calmar la sed y soltar la rienda. Recuerdo una stratocaster que colgaba de la pared de uno de los locales.
La noche fue cayendo junto a la espuma de las bebidas de cebada, aromatizadas con lúpulo. Perdimos la noción del tiempo y el último tren que nos llevaría a casa de Pablo, en Essen. El próximo tranvía empezaba a circular a las 6 de la mañana.
Esperamos lo suficiente: toda la noche. Tomamos más cerveza, visitamos otros bares, probé el jäggermeister, bailamos música alemana y caímos en un puesto de comida turca para aplacar el hambre. También comimos helados y papas fritas en el McDonald’s de la esquina de la estación del metro.
Cuando llegamos al piso de Pablo, el sol ya alumbraba fuerte. Estábamos cansados de caminar. Dormimos dos o tres horas, no más. Después, un desayuno en el balcón, música de Julito Jaramillo, el sol y un tren más. Esta vez hacia Berlín.

Lentes de sol, protector solar, un sombrero, ropa holgada y fresca, y mucha agua, son los elementos claves para disfrutar lo que ofrece la capital arqueológica de Chile. Caminar por San Pedro es andar sobre 2.500 metros sobre el nivel del mar. Una vez en el pueblo, la Iglesia de San Pedro es de visita obligatoria. No se conoce la fecha de su edificación, pero se sabe que en 1641 ya funcionaba como parroquia. Hecho de madera, adobe y algarrobo, el templo es bastante acogedor.
Para enamorarse del desierto de Atacama basta visitar el Valle de la Luna. Este valle está ubicado a 19 Km. de San Pedro y es, de lejos, el sitio ideal para esperar la caída del sol. El recorrido se inicia en las Minas de Sal, una montaña que invita a la aventura, cual Indiana Jones, de caminar, recorrer, subir y bajar una superficie rocosa, accidentada y oscura.
Pero el verdadero espectáculo comienza en el sendero Duna Mayor, donde se empieza a sentir la llegada del atardecer. Los constantes movimientos de la tierra y la actividad volcánica han hecho del Valle de la Luna una formación constituida por rocas, sal, yeso y arcilla, que le debe su nombre al parecido que tiene con la superficie lunar.
Fotos: María José Correa


