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miércoles, 6 de enero de 2010

Caballitos en el mar


La embarcación de Totora es un símbolo de la costa norte del Perú. Una escena habitual en playas como Pimentel, Santa Rosa o Huanchaco, es el trabajo de los pescadores inmersos en el agua, sobre sus Caballitos. Luego de la marcha, los hombres del mar cargan al hombro sus balsas y las colocan sobre la arena con la proa mirando al cielo. Desde que tengo memoria, el ocre de las balsas matiza mis recuerdos de las caminatas por la playa con mi padre.

Sobre la aparición de las embarcaciones, dice una leyenda que el señor Naylamp desembarcó en la caleta de San José, al norte del Perú, para fundar y habitar el departamento de Lambayeque. El ‘enviado del viento’ atravesó el mar con su esposa Ceterni y un séquito de guerreros, todos ellos navegando en Caballitos de Totora.


En agosto del 2003, el Instituto Nacional de Cultura resolvió: “declarar Patrimonio Cultural de la Nación al Caballito de Totora, embarcación considerada como expresión de las manifestaciones tradicionales de la cultura viva que caracteriza a las comunidades asentadas en el litoral del norte peruano y que contribuye a la identidad regional y nacional”.

Fuera del mar, los pescadores se convierten en artesanos y tejen las balsas con sus manos hasta en media hora. La Totora, materia prima de las balsas, es una planta acuática que crece en los pantanos de América del Sur. Esta planta de raíces fibrosas es el principal insumo para fabricar embarcaciones que se utilizan para navegar en el Lago Titicaca y en algunas playas del Perú, así como viviendas, puentes colgantes, sombreros y canastas.

Los pescadores norteños han trasmitido de generación en generación la técnica para elaborar un Caballito de Totora. Se empieza cortando los tallos de las plantas y remojándolos en agua para que no se quiebren. Luego tienen que reposar bajo el sol. Cuando los tallos están secos, se procede a juntarlos y atarlos con sogas del mismo junco, aunque hoy algunos ‘maestros’ utilizan cordeles sintéticos. Finalmente, se recorta la masa de Totora dándole forma. El Caballito está listo para navegar.

La embarcación está diseñada para transportar a un pescador. La proa es estrecha y curva. La parte posterior, la popa, es la zona más ancha y está destinada a depositar la pesca del día o los alimentos y utensilios del pescador.

Las balsas cuestan, aproximadamente, cien soles y suelen durar poco más de un mes, debido al material del que están hechas y su desgaste por el uso. El Caballito de Totora se puede ‘montar’ de rodillas, sentado, de pie, incluso de cabeza. Para dominar estas embarcaciones se necesita equilibro y mucha fuerza en los brazos, puesto que la balsa se complementa con un remo de caña para dirigirla.

Un Caballito mide entre tres y cuatro metros de alto y puede pesar hasta 50 kilos cuando está seco. Según la tradición, el pescador que no puede cargar su balsa no debería adentrarse al mar pues no sería capaz de controlarla. Una embarcación de Totora puede soportar hasta 200 kilos de carga.


Mira este video de los Caballitos de Totora en la playa Huanchaco (Trujillo): http://www.dailymotion.com/video/x8mb24_caballitos-de-totora-huanchaco-peru_travel


miércoles, 30 de septiembre de 2009

Salinas de Guaranda, la economía de un pueblo



Salinas de Guaranda es sinónimo de integración y desarrollo. Con paciencia, organización y la buena disponibilidad de sus habitantes, este pueblo ecuatoriano ha creado una red de microempresas exitosas que exportan sus productos a nivel nacional y al extranjero, y han conseguido un modelo sostenible que no sólo les permite subsistir, sino también prosperar.

La comunidad de Salinas se asienta a 3.500 metros sobre el nivel del mar, al norte de la provincia de Bolívar, en la sierra ecuatoriana, a casi cinco horas en auto desde Quito, atravesando las montañas y los valles profundos del Ecuador.

Los pobladores de la zona son campesinos, agricultores y ganaderos. Sus actividades están marcadas por las tareas artesanales y agrícolas. Eduardo tiene 20 años y trabaja como guía en la Oficina de Turismo Comunitario. Mientras caminamos por las callecitas empinadas, Eduardo nos cuenta que hasta 1970 Salinas era un lugar olvidado en la serranía ecuatoriana.

En el Estudio de las Empresas Comunitarias de Salinas de Bolívar (Ecuador), Luis González señala que, antes, los índices de pobreza, insalubridad y analfabetismo eran excesivos: la mortalidad infantil era de 45% y el analfabetismo cerca de 85%. Salinas estaba perdido en la cordillera occidental de los Andes: no había carretera, ni agua, ni luz eléctrica, ni teléfono. La única fuente de sustento de la zona eran las minas de sal, que tampoco rendían lo suficiente para lograr el bienestar de los pobladores.

A principios de los 70, el sacerdote italiano Antonio Polo llegó desde Venecia a Salinas de Guaranda para iniciar una labor evangelizadora. Durante su estadía, el religioso descubrió que el potencial del pueblo y los recursos de la zona valían oro. Desde entonces, bajo el lema “Salir de la pobreza con solidaridad”, el padre Polo ayudó a organizar a los campesinos y, juntos, empezaron a trabajar una ‘economía solidaria’, basada en la gente y sus comunidades.



El primer negocio que crearon fue la quesería. Más tarde, la fábrica de chocolate y turrón. Hoy, Salinas de Guaranda comercializa sus productos bajo la marca bandera Salinerito y ofrece en el recorrido turístico por el pueblo una visita por la hilandería; los talleres de pelotas de fútbol, artesanías y tejidos; la fábrica de embutidos, etc.

La arteria principal de las microempresas de Salinas es el trabajo en red: los pobladores utilizan los recursos de la zona para producir. Así, por ejemplo, los vecinos de las comunidades aledañas venden lo que producen sus vacas a la lechería y a la quesería, que a la vez trabaja con los utensilios de madera producidos en la carpintería. Las plantas medicinales que comercializan, uno de sus productos más solicitados en el extranjero, se extraen de la vegetación del entorno; el chocolate y el turrón se fabrican con el cacao de la región; y la embutidora se nutre de la carne de los animales de la zona.

Antes de terminar el recorrido por las tiendas, Eduardo nos cuenta que en Salinas la desocupación es asunto del pasado. Las microempresas dan empleo al total de la población, pues algunos se ocupan de vender sus materias primas y otros trabajan en las fábricas y los puntos de venta.

Hoy, los pobladores de Salinas de Guaranda ya no sienten la necesidad de emigrar a la ciudad o al extranjero. Y aunque están contentos de recibir un sueldo por su trabajo digno, persisten en su lucha por combatir la pobreza y conseguir una mejor educación para sus hijos, quienes, más adelante, se encargarán de conducir la batuta empresarial del pueblo.


jueves, 10 de septiembre de 2009

El padre, el hijo y el tesoro

Piura, enero de 1831. Un país da sus primeros pasos, desprovisto del yugo español. En medio de la incertidumbre de la época, un mestizo lleva a sus dos hijos en busca de un tesoro escondido. La travesía, no obstante, tendría como resultado un crimen que, incluso hoy, resulta inverosímil. Brujas, supersticiones y temores conjugados para un caso que nunca pudo esclarecerse


La devoción comunitaria en honor del Señor de Chocán no pudo apaciguar los nervios y, acaso, el mal presentimiento que Manuela Pulache llevaba consigo desde varios días atrás. Tras las celebraciones religiosas –que incluyen hasta hoy tantos rezos como bebidas- y una vez de regreso en la hacienda de Peroles, la afligida mujer solicitó la ayuda de su hermano: había pasado más de una semana desde que su esposo no regresaba a casa. El hecho de que las últimas personas con las que éste había tenido contacto fuesen sus dos hijos acrecentó el temor de Manuela. El verano seco azotaba Querecotillo, un pueblo rodeado de algarrobos, situado en la provincia de Sullana (Piura) y que vivía, como tantos otros, los albores de una república en ciernes.

Ramona Cruz era una de las tantas curanderas (esa elite de seres que oscilan entre la charlatanería y la fe) a las que la gente confiaba su salud y suerte. Como tal, conocía las propiedades de guarguar o hierba del diablo, una planta con un fuerte poder alucinógeno y a la que se le atribuye la propiedad de revelar el paradero de tesoros perdidos. Pese a su negativa inicial, Ramona aceptó preparar la bebida para Juan Sancarranco y sus hijos, movida por la promesa de obtener una parte del botín. Las indicaciones eran simples: una vez situados en quebrada honda, debían mezclar el brebaje con chicha de jora y esperar que sus efectos alucinógenos los llevasen, cual mapa caleidoscópico, al lugar exacto de su prosperidad.

La cultura Tallán no sólo ostenta la posibilidad de ser la sociedad más antigua del norte del Perú. Sus trabajos en orfebrería y cerámica han sido objeto de la codicia de saqueadores que, usando distintas artimañas, han destruido el patrimonio de manera sistemática a lo largo de todos estos años. Y aunque el viejo Sancarranco era un trabajador más de la hacienda de Peroles, un fabricante de sombreros, y no un huaquero confeso, llevó a la aventura a sus hijos Juan, de 26 años (y según muchos testigos, su favorito) y Jacinto, dos años menor que el anterior y a la postre el encargado de dar con el tesoro, pues fue el benjamín de la familia el único en tomar la bebida mientras que los otros dos se emborrachaban con chicha. Los efectos, sin embargo, no fueron los deseados, pues no pasó mucho tiempo antes de que Jacinto cayera vencido por el sueño. Cuando abrió los ojos el panorama era cruelmente distinto.

Pasaron tres días antes de que Juan Pulache (hermano de Manuela) y sus acompañantes, desistieran en la búsqueda de Sancarranco. Exhaustos y desanimados, optaron por consultar con el mayordomo de la hacienda sobre cómo proceder. Éste, más practico y con la autoridad que le daba su posición, sugirió torturar a los hermanos hasta obtener una respuesta, después de todo eran los últimos con los que Sancarranco tuvo contacto. Encerrado y con grilletes, Juan hijo confesó haber matado a su padre en complicidad con su hermano; mientras que en otro cuarto, Jacinto aceptaba llevarlos al lugar donde yacía el cuerpo.

Ni el arrepentimiento de un hijo ni el dolor de su esposa pudieron contradecir el hecho irrefutable de la descomposición del cadáver. Juan Sancarranco empezaba a desvanecerse en el mismo lugar donde quiso encontrar la gloria. Mientras tanto, el 12 de enero de 1831, empezaba el juicio del primer parricidio cometido en una Piura independiente.

Si una lechuza cruzaba el horizonte era señal de que estaban cerca al lugar del tesoro. Eso les había dicho la curandera. Tendrían que matar al animal, guardián del sitio, antes de apoderarse del botín. “Toma el cuchillo, deja dormir a tu hermano que la bebida lo ha de despertar y cuando veas la lechuza, córtale la cabeza con el cuchillo”, fueron las órdenes del padre para con Juan. Ebriedad o misticismo, el negruzco animal revoloteaba por encima de la cabeza del patriarca que repitió la orden de matar al ave. Sin embargo, y acaso como un castigo a su ambición, el cuchillazo fue a dar al propio cuello del progenitor. Degollado y sin ningún tesoro, Sancarranco moría inmediatamente.

Aquí, las versiones de los hermanos Sancarranco empiezan a diferir. Mientras Juan asegura que, tras la muerte casual de su padre, despertó a su hermano para contarle lo sucedido, Jacinto dice que lo hizo por sus propios medios y que de inmediato fue forzado a enterrar a su padre y callar el asesinato bajo amenaza de correr la misma suerte. Un dato más habría de agregar Jacinto a la ya perturbadora historia. Y es que para el joven resultaba de lo más inquietante que los sucesos tuviesen lugar después de que su hermano había prometido a la madre de ambos poner fin a los abusos del viejo Sancarranco.

¿Era entonces la búsqueda de un tesoro o la fachada de un hijo que, a pesar de ser el predilecto, quería poner fin a los abusos cometidos por su padre? La siguiente en declarar sería Manuela Pulache, quien seguramente vestía el traje recién estrenado de viuda al momento de subir al estrado.

Sumisión disfrazada de respeto, miedo disfrazado de fidelidad. Manuela Pulache minimizó cualquier agresión por parte de su difunto esposo y negó rotundamente haberse quejado con su hijo al respecto. Por el contrario su declaración estuvo llena de frases que limpiaban a Sancarranco de todo pecado, dejando a Juan hijo a la merced de una justicia incierta.

Y es que, aunque el Derecho Peruano debió nacer simultáneamente a la Declaración de la Independencia, durante varias décadas posteriores al grito libertador, la legislación, la enseñanza forense y la práctica jurídica y contractual del Virreinato seguían rigiendo en el país. "No fue con el último disparo de fusil en el campo de batalla de Ayacucho, que desapareció todo vestigio de la vida colonial en el Perú", dijo Ricardo Palma en alguna de sus tradiciones. De esta manera, Juan Sancarranco Pulache afrontó un juicio sin las garantías que, recién a finales del siglo XIX, habrían de tener los habitantes del incipiente país.

8 de octubre de 1831, a diez meses de iniciado el juicio y después de que el Superior Tribunal de Justicia ratificase lo que el juez Gaspar Carrasco había sentenciado en primera instancia, Juan Sancarranco Pulache era ejecutado por “un delito enorme y de impiedad que cometiera contra su padre”. Su hermano Jacinto asumía entonces la batuta de una familia hecha pedazos por la cegada búsqueda de un tesoro ancestral, mientras el resto de la hacienda de Peroles, al igual que el resto del país, seguía dando pequeños tumbos en busca de un fundamento real a su independencia.

Septiembre 2009. Dejando de lado los salpicones de modernidad que, como en todo pueblo pequeño del país, llegan a duras penas al lugar, Querecotillo sigue haciendo honor al origen de su nombre (un derivado de la palabra quechua y aimara querocoto, cuyo vocablo descompuesto explica quero –que quiere decir “madera”, “viga”- y coto –significa “montón”, “frondoso”-), continúa siendo, en fin, un pueblo rodeado de árboles.

De la hacienda de Peroles no quedan más que recuerdos lejanos en medio de mala hierba. Y aunque el huaqueo no es un tema tan popular como el de la subsistencia diaria, lo cierto es que no son pocos los que aún escarban en la tierra con la esperanza de encontrar una pieza histórica que los llene de dinero. El guarguar ha dejado de ser una invitación alucinante para el descubrimiento de secretos de la tierra, pero el curanderismo aún es la medicina principal de la gente.

Si Manuela Pulache ocultó un demencial cobro de cuentas por el respeto que, a pesar de todo, tenía hacia su esposo, lo cierto es que la violencia doméstica en pueblos como éste aún resulta un tema tabú. Si Juan Sancarranco Pulache mató a su padre en el intento de terminar con la vigilancia de una lechuza diabólica o por un instinto de venganza acumulado en él, es algo que nunca pudo esclarecerse. Lo cierto es que los restos de su padre jamás pudieron ser trasladados a tierra bendita. Quizá algún nuevo y esperanzado buscador de tesoros dé con sus huesos olvidados ignorando la peculiar y dolorosa razón de su último paradero.

lunes, 2 de marzo de 2009

La comunidad del pe(s)cado

El Terminal Bayóvar es conocido entre los empleados de Petróleos del Perú (Petroperú) como la instalación más serena de toda la ruta, pues la playa y el aire fresco de la brisa marina hacen lo suyo. Pero como un lunar en el rostro del paisaje, la caleta de Puerto Rico se vuelve inevitable ante los ojos de los trabajadores que a diario viajan de las viviendas a la zona industrial.



Puerto Rico -la caleta, no el país- se ubica a cinco minutos del Terminal Bayóvar, en la provincia de Sechura, en Piura. El sitio se conoce como una de las zonas más pobres del Perú, lo que resulta fácil de percibir en los rostros y las ropas de los más de 70 niños que a diario juegan a la pelota entre la tierra y la basura.

Elton tiene ocho años y una sonrisa encantadora, vive son sus padres y sus siete hermanos, y le gusta bailar cumbia. Como todas las familias del lugar, la suya se sustenta de la pesca. Con el dinero que recaudan del negocio, las familias podrían vivir con un sustento razonable, pero los hábitos poco saludables son el pan de cada día en Puerto Rico.


Nely Chapa Ruiz, representante de la Defensoría Municipal del Niño y el Adolescente (Demuna) de Sechura, cuenta que los casos de violencia familiar son reincidentes en la caleta. Por eso ha propuesto abrir una oficina de la Demuna en el corazón de Puerto Rico. Con el apoyo de la Municipalidad y de las empresas que operan alrededor del pueblo (como la petrolera estatal Petroperú y la explotadora de fosfatos Vale do Rio Doce) esta delegación atendería más rápidamente los casos de maltrato infantil y violencia familiar.

Como la mayoría de las caletas de Sechura, Puerto Rico no cuenta con agua potable las 24 horas del día. La basura se junta al costado de las casas formando pilas que son custodiadas por gallinazos. Pero la suciedad de las calles y la falta de higiene no son el detonante de la miseria, sino los malos hábitos de los pobladores. Cuentan los trabajadores de las empresas aledañas que cuando los pescadores cobran por la venta del pescado, se gastan el sueldo jugando cartas y tomando cervezas. El alcohol sube a la cabeza y de ahí se desatan los pleitos, los homicidios, los embarazos no deseados y la violencia.

Por ley, las empresas que trabajan con materias primas como el petróleo y el fosfato deben contar entre sus principios con políticas de responsabilidad social y medio ambiente. Al menos una vez al mes, las empresas de los alrededores 'bajan' a la caleta para realizar proyecciones a la comunidad: charlas de salubridad, campañas de limpieza, entrega de víveres y otras actividades educativas. El supervisor de una de ellas advierte que la solidaridad es importante para que los pobladores se identifiquen con las compañías y, a su manera, colaboren y crezcan juntos. Lamentablemente, algunos perciben la ayuda como una obligación de las empresas y (sobre)viven a la espera de lo material.

La vida en la caleta de Puerto Rico tiene el argumento de una película peruana de corte social: violencia, calles sucias, olor a tristeza y desagüe. Aún así, y con escenas de esperanza, el final de la historia está por escribirse.