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viernes, 5 de febrero de 2010

Praga, darling, Praga

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"¡Ay! Praga, Praga, Praga, donde el amor naufraga en un acordeón.
¡Ay! Praga, darling, Praga, los condenados pagan cara su redención".
Cristales de Bohemia, Joaquín Sabina



“I’m sorry, i’m not from Praga”, nos dijo un hombre de unos 50 años, que atendía en la oficina de información turística en la estación de trenes de Praga. El viernes 18 de julio de 2008 llegamos desde Berlín, faltaba poco para la media noche y el peso de las mochilas se sentía más y más en las espaldas a medida que el tiempo y el metro desfilaban. Cambiamos euros por coronas checas y empezamos a buscar el hotel. Aquella primera noche en Praga terminó con tres cervezas y muchas expectativas sobre la mesa.

Todavía hoy cierro los ojos y siento el susurro del río Moldava. Puedo darle la espalda y caminar sobre el Karluv most (puente Carlos), bajo la mirada de sus 30 estatuas de estilo barroco. El puente Carlos es el más antiguo de Praga, tiene 520 metros de largo y un ancho de casi 10 metros. Cruza el río Moldava y une la Ciudad Vieja (Stare Mesto) con la Ciudad Pequeña o Barrio Menor (Malá Strana).



Praga es la capital de República Checa y el centro de Bohemia, una de las tres regiones históricas que componen el país. Es la ciudad del arte gótico, de la Catedral de San Vito, de los castillos de los cuentos de hagas y las marionetas; es la casa de Franz Kafka y Milan Kundera.



El casco histórico de la ciudad es Patrimonio de la Humanidad desde 1992. Nos recuerdo sentados en el suelo de adoquines de la Plaza Vieja, comiendo helados, repasando un mapa y mirando pasar la gente.

lunes, 30 de noviembre de 2009

Caleidoscópico Berlín



Berlín, 18 de julio de 2008

Berlín ha soportado varias cirugías al corazón. Las tres millones de personas que caminan por la ciudad la han convertido en la quinta metrópoli más poblada de la Unión Europea. Sus paredes pintadas con aerosol esconden anécdotas que parecen haberse escapado de los pies de página de los libros de historia.

Cuando regrese a casa y piense en Berlín, recordaré los matices de los muros que brotan de la exhalación del spray; el color del Tiergarten, el pulmón verde de la ciudad. Dicen que el nombre del parque de 210 hectáreas significa “jardín de animales”, pues en sus primeros años era una zona exclusiva para cazar jabalíes y ciervos.


El tiempo avanza más rápido que el metro, es más veloz que nuestros pies. Vamos con calma, pero Berlín no se detiene, tiene vida propia. La Iglesia de la Memoria, los restos del Muro de Berlín, la Puerta de Brandeburgo, el mercado Hackescher, el Sony Center, el monumento por las víctimas del Holocausto, Potsdamer Platz, el río Spree y sus orillas. La ciudad es una mezcla caleidoscópica.

Nos vemos en Alexanderplatz.





viernes, 16 de octubre de 2009

El ombligo

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Son casi las 6 de la tarde y el sol ya se quiere ir. Es miércoles en Cusco. Estoy en Trotamundos, un local alrededor de la Plaza de Armas. La gente camina con calma: algunos miran las tiendas, otros disfrutan la arquitectura colonial, unos sólo pasan. Desde el balcón de este café puedo admirar la Catedral completa, sin forzar el cuello hasta donde alcance la mirada.

Como luciérnagas, las luces han empezado a encender la plaza, su matriz. La iluminan con tonos ocres, marrones y amarillos. Los turistas van llegando de sus recorridos por la ciudad: llevan sus mochilas en la espalda, una botella de agua en una mano y en la otra, un mapa. Sus rostros transpiran cansancio, sorpresa y encanto.

Cusco sí es un ombligo, es la ciudad de todo el mundo. A veces parece que todo cuesta: los recuerdos, las fotos, los paisajes, la mística, las sonrisas. Pero el cariño de la ciudad se siente en los ojos de los niños, la fuente de la plaza, los techos rojos, las calles de piedra y empinadas.


Aunque en algunos museos de la ciudad se siente un vacío cultural, los templos cusqueños, Sacsayhuamán, el centro histórico y los sitios aledaños, como las Salineras de Maras, los andenes de Moray y el pueblito Chinchero, valen muchísimo la pena.

El Coricancha, por ejemplo, es uno de los templos más visitados. El llamado 'recinto de oro' solía ser el lugar sagrado para adorar al dios sol, al Inti. Un guía explicó –en dos idiomas, por supuesto-, que los incas ingresaban al templo en ayunas, descalzos y con una carga en la espalda para demostrar su humildad.

Así es Cusco, espiritual, apasionante. Su cielo provoca colgarse del cuello de una nube. Esta noche iremos a San Blas, una zona llena de bares que desprenden música, humo y bohemia. Para subir hasta el barrio cosmopolita pasaremos por la piedra de 12 ángulos, andaremos por la famosa cuesta de San Blas.

Celebraremos en 7 Angelitos, tomaremos un Chilcano y tocará una banda de rock. Hablaremos de todo, de nada. Bailaremos Pearl Jam y Pink Floyd hasta las 3 de la mañana, aunque luego nos resten pocas horas de sueño. Caminaremos por la Plaza de Armas, otra vez. Iremos en dirección de la avenida El Sol, doblaremos por Santa Catalina ancha y llegaremos al hotel, sonriendo.


lunes, 28 de septiembre de 2009

Postal de una noche

En algún tren entre Essen y Berlín, 15 de julio de 2008


Düsseldorf y Essen son hermanas en el norte de Alemania; viven, respiran y duermen en el oriente de Westfalia. Compré una postal en la estación del metro de Essen. Es amarilla y lleva el nombre de la ciudad en letras grandes y negras. Escribí: “Düsseldorf, más que una ciudad, una imagen o un paisaje, es un sabor. El sabor de las cervezas artesanales de los bares, mil pitadas de tabaco, unos besos en la calle, un buen desayuno después de comer por varios días sólo pan y Nutella”.

Llegamos a Düsseldorf al empezar la tarde. Recorrimos algunas de sus calles empedradas, estilo medieval, y nos sentamos frente al río Rin a mirar el parque de diversiones que está al otro lado de la ciudad. El cielo era púrpura, brillante por las luces de neón. Era verano y hacía calor. Entonces decidimos tomar un tour de cervezas por los bares de la ciudad para calmar la sed y soltar la rienda. Recuerdo una stratocaster que colgaba de la pared de uno de los locales.



La noche fue cayendo junto a la espuma de las bebidas de cebada, aromatizadas con lúpulo. Perdimos la noción del tiempo y el último tren que nos llevaría a casa de Pablo, en Essen. El próximo tranvía empezaba a circular a las 6 de la mañana.

Esperamos lo suficiente: toda la noche. Tomamos más cerveza, visitamos otros bares, probé el jäggermeister, bailamos música alemana y caímos en un puesto de comida turca para aplacar el hambre. También comimos helados y papas fritas en el McDonald’s de la esquina de la estación del metro.

Cuando llegamos al piso de Pablo, el sol ya alumbraba fuerte. Estábamos cansados de caminar. Dormimos dos o tres horas, no más. Después, un desayuno en el balcón, música de Julito Jaramillo, el sol y un tren más. Esta vez hacia Berlín.


miércoles, 22 de abril de 2009

París es una fiesta

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París, 11 de julio de 2008

Después de un sinnúmero de historias y canciones, la fantasía de París es una realidad. Escogimos como punto de partida la localidad de Hendaya, frontera entre Francia y España. Aprovechamos el trayecto de cinco horas en tren para armar un itinerario que se acomode a los gustos y nos permita conocer en cuatro días lo justo y necesario de la Ciudad Luz: la Torre Eiffel, por supuesto; el Museo del Louvre; caminar por las orillas del Sena; recorrer la Avenida de los Campos Elíseos hasta llegar al Arco del Triunfo; visitar el cementerio de Montparnasse.

Una mariposa traviesa ha jugado en mi estómago durante el viaje y no me ha dejado cerrar los ojos. Muchas veces lo había imaginado, pero ni el rugir de la locomotora ha conseguido apaciguar mis sentidos para asimilar que pronto, muy pronto, pisaré el París cruel de Vallejo, la ciudad nostálgica de Bryce, el corazón literario de Cortázar.

Llegamos a la Ville Lumière pasada la media noche. Primera parada: la Plaza de la Bastilla, símbolo por excelencia de la Revolución Francesa. La puerta abierta de un bar, un té helado, una cerveza, cigarrillos, una banda de jazz y el afán de encontrar el amor parisino en una buhardilla al mismo estilo de Martín Romaña. Una noche de novela.
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El reloj climatológico indica que estamos en pleno verano pero no confío en su palabra. Hoy el cielo ha amanecido pintado de plomo. Entonces aprovechamos para visitar el Palacio de Versalles, donde pasamos la mayor parte del día conociendo el castillo y sus jardines, en Île de France, a media hora en tren desde París. Un promedio de tres millones de personas visitan al año la mansión de Luis XIV. Esta mañana de julio nos sumamos a la masa.


Más tarde, regresamos a la ciudad y subimos hasta Montmartre. En las calles empedradas se respira bohemia. Los alrededores de las plazas están adornados con pinturas y arte, además de la peculiar forma de sentarse en las mesas de dos personas en los bares, como mirando hacia la calle y de espaldas al local.
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Subiendo la colina de 130 metros que es Montmartre pienso en las escenas de la comedia francesa Amélie (Le fabuleux destin d'Amélie Poulain, Jean-Pierre Jeunet, 2001) que grabaron en ese lugar. En las faldas escalonadas de la loma se puede encontrar a jóvenes de todas las razas haciendo música o simplemente charlando; y desde lo más alto se puede disfrutar de París en todo su esplendor. La Torre Eiffel con sus más de 300 metros de hierro, la catedral gótica de Notre-Dame y el Sena, lucen de lejos como miniaturas dentro de la gran ciudad.

La Basílica del Sagrado Corazón está situada en la cima de Montmartre. Las cuatro cúpulas de estilo romano que la acompañan impresionan y el altar está decorado con una imagen pintada del Sagrado Corazón de Jesús. Desde los pies del Sacré Cœur la ciudad se ve perfecta. El sol está cayendo y el cielo se ha puesto morado. Pienso en lo que dijo el escritor Antonio Cisneros, que “desde hace casi un par de siglos hay un París que brilla en la imaginación de todos”. Entonces recuerdo, como Cisneros, que tres de los mejores narradores –y favoritos, además- del Perú, Julio Ramón Ribeyro, Mario Vargas Llosa y Alfredo Bryce “fueron alguna vez unos muchachos cumpliendo el viejo sueño del desván en el Barrio Latino, con algo de pan y queso y un poco de papel para escribir. Eran aún los tiempos en que nadie nos pedía visa”.

Es de noche, la segunda en París. Terminamos la jornada en Le rendez vous des amis, un simpático bar en el que ordenamos una fiambre de quesos y algunas cervezas. Estamos cansados y maravillados. Hacemos el recuento del día, reímos y nos emocionamos. Quiero tomar muchas fotografías, que París nos quede para siempre.
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Fotos: María José Correa
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